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Pérdidas y aprendizajes en un año de pandemia

Recuerdo que, sobre todo, en mi niñez, fantaseaba con la idea de que ocurriese una “catástrofe” (siempre con final feliz, claro,) que paralizara el mundo, que me absolviera a mí y al mundo de toda responsabilidad, como ir al colegio, al instituto, a la universidad y al trabajo.

Sobre todo, solía pensarlo con fuerza los domingos y los días de lluvia y frío, vamos, bastante a menudo. Pero que va, llegaba el lunes y nada. Ni rastro de ciclogénesis explosivas con nevadas de 5 metros a su paso, ni plagas de langostas, ni invasiones alienígenas.

Quien me iba a decir a mí, que el 14 de marzo de 2020 esa fantasía se iba a hacer realidad en forma de pandemia mundial.

Reconozco que al principio subestimé la fuerza de la COVID-19. No creí que el mundo pudiese paralizarse. No creía posible todo lo que hemos vivido y estamos viviendo. No podía imaginar que el mundo, tal y como lo habíamos conocido hasta el momento, iba a cambiar para siempre.

Va a cumplirse un año desde que la COVID-19 apareció en nuestras vidas y en una entrevista, hace pocos días, me hicieron una de esas preguntas que te invitan a mirar hacia adentro: «¿Qué sientes que has perdido durante la pandemia?».

Este tipo de preguntas siempre invitan a sentarte y hacer «inventario», que es lo que pretendo en este breve escrito.

Lo primero que me nace decir es que me siento privilegiada. No sé muy bien qué palabra poner al poder decir que no he vivido la enfermedad de cerca ni muertes directas por su causa. Pero sí he estado al lado de personas que las han vivido y ha sido una de las experiencias más difíciles, dolorosas e impactantes que me ha tocado acompañar.

Mientras escribo esto me vienen imágenes de muchas de esas personas, sus historias, llamadas de teléfono y conversaciones. Recuerdos.

No es comparable, pero todos hemos perdido algo durante esta pandemia. En este sentido, me sale decir en tono de disculpa que también me siento privilegiada de poder hablar no solo de pérdidas sino de «ganancias». ¿Se puede «ganar» algo en tiempos de pandemia mundial? He necesitado de mis «terapias» y de mis tiempos para poder responder afirmativamente a esta pregunta, pero sí, podemos aprender, y eso es ganar. Ojalá las personas que leáis esto también podáis decir lo mismo.

Bueno, reformulo entonces la pregunta de aquella entrevista y que utilizaré como título de este mini inventario: «Pérdidas y aprendizajes en un año de pandemia».

Para ser justos, no sé si soy yo la que ha perdido o es la COVID la que me ha robado. Qué más da, el sentimiento de pérdida es innegable. Algunas de las pérdidas que más he sentido han sido estas:

  • El derecho vital de abrazar y ser abrazada.
  • El derecho vital de tocar y ser tocada.
  • El derecho vital de mirar y ser mirada a cara descubierta.
  • El derecho vital de ver sonreír.
  • El derecho vital a una fuente de energía universal e insustituible: la presencia de mi familia (incluyendo a mis «bichos») y mis amigos y amigas. La pérdida de la compañía.
  • El caminar y pasear sintiendo la brisa en la cara y escuchar a los pájaros al amanecer durante 62 días seguidos.
  • La pérdida de «la posibilidad de».
  • La pérdida de los paisajes de mi pueblo.
  • La posibilidad de brindar en una terraza.
  • La posibilidad de celebrar momentos especiales, como la maternidad de una de mis «hermanas», la primera de la cuadrilla.
  • El tiempo. El tiempo de ESTAR CON.
  • Sentí como pérdida las calles desiertas, bares, plazas, parques y colegios cerrados, vacíos.
  • La pérdida de no poder respirar si no es a través de una tela.
  • La pérdida de no poder viajar.

Tengo que reconocer que la COVID-19, los 62 días de confinamiento y lo que llevamos de pandemia ha supuesto entrar en crisis, en transformación, en «muda de piel». Y no ha sido fácil.

Ha sido como un viaje. Y un chequeo de autoreconocimiento.

He atravesado mi ansiedad, mi dificultad de parar, mi aburrimiento, mi impotencia, mis preocupaciones, mis miedos, mi rabia, mis responsabilidades, mi vacío, mi locura y mi salud. He cuestionado mis valores y los valores del mundo donde vivo, me he reafirmado en mis convicciones. Pero esto me da para cuatro folios más.

Cambio de significados.
Cambio de dirección.
Despedidas. Cierres. Bienvenidas.
Limpieza.
Puesta al día.

No quise volver igual y, aunque quisiera, con todo esto, es imposible.

¿Y tú?

Reconstruyendo tu identidad tras la enfermedad

Me encantan esas películas que empiezan con una nave espacial explotando un territorio postapocalíptico donde, tras un gran desastre, el mundo ha quedado destruido. Edificios destrozados, polvo y humo que dificulta la visión, junto con un olor pesado a cemento y alquitrán que lo invade todo. Esas películas donde, de pronto, la nave descubre una brizna de hierba, un pequeño trébol o un brote que da un color verde intenso al desolado paisaje. Y una esperanza: la vida se abre paso.

Pues aquí estoy yo, en mi nave dando vueltas y vueltas y más vueltas. Mi cabeza no es capaz de parar obsesivamente de buscar esa brizna de hierba, esa explicación que me haga entender qué ha pasado en mi mundo y poder dormir tranquilo. Pero aún no he encontrado nada, solo asfalto, hormigón y hierros oxidados. Sé que tengo que descansar, que tengo que parar, pero no soy capaz; no tengo hambre, no puedo comer, solo necesito respuestas. El olor sigue metido en mi nariz, ese olor creado por la combinación contrapuesta de desinfectante y humanidad. Esa sensación en mi garganta que solo la lejía es capaz de crear y que no soy capaz de quitarme, y a juego con el nudo en la boca del estómago que me acompaña desde hace meses.

En momentos puedo percibir pedazos de edificios que se me hacen familiares, carteles a medio quemar que reconozco a que tienda pertenecían. Pero ya no están. ¿Quién soy? Todo lo que me definía ha quedado sepultado, quemado o desfigurado.

Hoy me han dicho «es incurable», con otras palabras, por supuesto, más educadas y asépticas, pero el hecho es que “te vas a morir”. Como un yogur, con fecha. No me preguntes que tiempo me han dicho porque no lo recuerdo. Mi cabeza se ha vaciado por completo, de repente floto en la nada.

Meses y meses de terrible desgaste, de esperanzas y decepciones, de un esfuerzo tras otro, no solo mío si no de todo mi entorno. Cada persona que forma parte de mi vida. Como un gran agujero negro la enfermedad ha absorbido la vida de la gente que más quiero. Mi impotencia se dispara cuando veo en sus ojos como desaparecen sus vidas para unirse a mí en la lucha. Han dejado todo, incluso cachitos de salud por estar a mi lado. Por apoyarme. Y ¡ahora qué? Quién les devuelve eso. Es injusto, sigo flotando, creo que camino por el hospital mientras me habla, ¡aún me habla!, aún es capaz de hablarme mientras me coge la mano.

Claro que llora, pero intenta que no sea a mi lado, lo sé. Pero a veces necesito que sea a mi lado, que no se esconda. Porque esto le está robando, para siempre, también parte de su vida.

Todo empezó hace unos meses, con pequeñas molestias. Después han venido pruebas y más pruebas, dudas, diagnósticos, jeringuillas, sonrisas escondidas en mascarillas, ese olor a lejía y desinfectante, tubos, escáneres, dolor, desazón en las salas de espera y, sobre todo, mi incapacidad de quedarme quieto a pesar de que, en ocasiones, le alteraba.

Ha dejado su trabajo y se ha perdido en algún pasillo de este hospital; se ha fundido conmigo para formar parte de mí, para luchar, como dice. Ya no es mi diagnóstico, es el nuestro; ya no es mi rehabilitación, es la nuestra; ya no es mi enfermedad, es la nuestra. Está conmigo poniendo cada gramito de energía del que dispone. ¡Y para qué?

Ahora solo hay demasiados para qué, por qué y vacío en mi cabeza. Sigo flotando.

Necesito cerrar. Necesito abandonarme y abrir la escotilla de la nave y, como los grandes héroes de esas películas, aceptar con una sonrisa y poder disfrutar del último paseo. No tengo madera de héroe, tengo miedo, mucho miedo. Pero como en un estúpido juego de intentar engañarnos, finjo una mueca que puede parecer una sonrisa y sus ojos me devuelven algo parecido. Ninguno tenemos ganas de sonreír, pero en ese tonto intento de “cuidarnos”, nos perdemos.

Sigue fingiendo que es fuerte y yo que estoy en paz. Pero nunca hemos estado más solos. Me encantaría darle un abrazo y hablarle de mi inmenso agujero negro, de cómo me siento, pero no quiero hacerle daño. Sé que lo sabe, pero necesito decírselo. Decido quedarme en el vacío y soy incapaz de articular palabra. Solo deseo que pueda reconstruir su mundo, que encuentre ese pequeño brote de esperanza y, aunque los escombros sigan debajo, la vida poco a poco vuelva a llenar de verde su planeta.

Mis reflexiones y sentir del finde de Pinceladas I

“Antes de que me venga la amnesia emocional que ahora me acompaña, me apetece enviaros mis reflexiones y sentir del finde de Pinceladas I. Así ya tenéis una loca carta.

El despegue del vuelo emocional se retrasó bastante, pero como en todo gran viaje, no importa cómo, ni cuándo, sino el destino, la compañía y el sentir del durante.

Cuándo me lo propusieron sentí varias cosas a la vez. Curiosidad, miedo, pereza y ganas al mismo tiempo. Aquel sábado estaba en modo sobrevivir “automático” después de unas putas semanas de vacío existencial de la ostia. Así que llegué un poquito congelada, por fuera y por dentro; pero contenta al ver caritas con las que me hacía muchísima ilusión “compartir” mi tiempo.

Después de las presentaciones del por qué estábamos en aquel avión, con aquellas mochilas, ya fui sintiendo un poquito más de calor y deseo de viajar.

No voy a intentar analizar cada una de las dinámicas, así paso de mi tendencia a llevarlo todo a la mente, pero sí quiero devolver las que me llegaron más a la emoción (dolor, tristeza, susto, paz, gustico, frustración…). Estas son:

🦋 Escuchar la palabra MUERTE repetida por Sara varias veces en aquella meditación inicial (acabo de sentirla en forma de golpe en el estómago mientras la escribo); sentirme en esa barquita hacia la casa del lago sola y ver al barquero otra vez en aquella nueva dimensión; las caritas de dos personas importantes en mi camino en las faldas y la cima de mi monte y volcán del duelo; LAS CARICIAS de aquel buzón (tanto leerlas como escribirlas); “compartir” velas con todos aquellos corazones presentes y no presentes y, sobre todo, sentir a las pasajeras y las tripulantes cerca, abriendo sus corazones durante todo un fin de semana.

🦋 La dinámica de recorrer el camino del duelo me frustró muchísimo en el momento. Me dio rabia no conectar con aquel camino y poder abrirme a contar mi experiencia en el proceso que todas las pasajeras estamos viviendo. Me hubiera gustado y gustaría. Pero queda para otro momento, quizás…

🦋 Me ha parecido sencillamente, BELLO. Bello el espacio, bellas las personas, bellas las dinámicas…

🦋 Había oído en Goizargi que el taller de Pinceladas era un Antes y un Después. Para mí es amor.

🦋 Desde aquel domingo a las 14:00, cuando volví mi casa del norte (como decía Govar), mi termostato emocional ha subido algo de temperatura. Me siento más viva. Y eso, ahora, es muchísimo para mí.

🦋 La ausencia de él, su muerte (a la tripa otra vez), sigo sintiéndolas como hasta ahora, pero sí que tengo otro lugar NUEVO en mi mente para verlo a través de aquellas visualizaciones y meditaciones, que de momento me acompañan.

🦋 Muchísimas gracias a Sara por saber acompañarme de esa forma tan “todo” en mi impaciencia y caótico torbellino emocional desde el principio. A Rakel por aquella vela que desde hace unos días me da fuerza y me reafirma en intentar ser “yo”. A las pasajeras y tripulantes, por desnudar sus mundos internos y por ser tan sencillamente bonitas.

🦋 GRACIAS a todas por este finde que desbordaba HUMANIDAD Y AMOR. Con mascarillas, sin abrazos, pero con miradas y caricias muy tiernas.

🦋 Creo que en los tiempos que vivimos, ahora por la pandemia y antes también, hacen falta más espacios así.  Cuando estamos en duelo aún los necesitamos y valoramos más.

 

Me he llevado un chutazo de HUMANIDAD.

HASTA EL PRÓXIMO VIAJE. ¡OJALÁ!”

IZAS.

¿Cómo quiero vivir este 2021?

Cuando estás viviendo la muerte de un ser querido y te encuentras inmersa en un proceso de duelo, el tiempo, aquello que pensamos, sentimos y hacemos, puede perder sentido y dirección.

Como ser un reloj sin agujas, un reloj que no puede dar las horas ni los minutos. Por un tiempo, somos como una brújula desorientada, sin puntos cardinales. Una veleta que gira y gira y no sabe por dónde le da el aire.

Nos desajustamos y durante el proceso de duelo aprendemos a regularnos. Poco a poco, minuto a minuto, día a día, emoción a emoción, canción a canción, paso a paso, palabra a palabra, decisión a decisión.

El duelo, duele. Y el dolor nos hace entrar en modo “supervivencia”, lo que nos puede hacer sentir vulnerables, indefensos, con poco control. También nos puede hacer creer que no podemos realizar nada para aliviar nuestro dolor o salir de él. Y esto también dura un tiempo. El necesario para darnos cuenta de que es a través del dolor, de las subidas y bajadas de esa montaña rusa, donde aprendemos la capacidad de tomar las riendas de nuestros procesos, de nuestro dolor y de nuestro momento.

A menudo, nos vienen las palabras de un gran terapeuta que decía algo así como: “El único tiempo en el que se puede vivir cuando estás transitando un duelo es el presente, porque si nos vamos al pasado, nos duelen mucho los recuerdos, y si nos adelantamos a pensar en el futuro, nos duele la ansiedad y los ‘para siempre’”.

En este sentido, la pregunta de cómo quiero vivir este 2021 puede sonar, de primeras, demasiado “grande”. Pero creemos que sintetiza la actitud de lo que queremos decir en este escrito: que a pesar del dolor, podemos volver a impulsarnos y motivarnos si nos fijamos unos objetivos reales y acordes a nuestras necesidades y a nuestro momento.

Lejos de las tradicionales listas de propuestas y metodologías “estrella” para conseguir esos objetivos de nuevo año, queremos lanzaros algunas cuestiones para que podáis pensar en ellas y, desde ahí, definir y plantearos vuestro presente:

  • ¿Cómo estoy en este momento de mi vida? ¿Qué siento?
  • ¿Qué me aporta bienestar?
  • ¿Qué me genera malestar?
  • ¿Qué necesito?
  • ¿Qué me “sobra” en este momento?
  • ¿Qué me ayuda?
  • ¿Qué me hace sentir segura?
  • ¿Qué me genera miedo o inseguridad?
  • ¿Qué me motiva?
  • ¿Qué me gustaría hacer que no hago?
  • ¿Qué me lo impide?
  • ¿Cómo puedo conseguir aquello que me propongo?

Esperamos que estas preguntas os puedan aportar “brújulas” para empezar este nuevo año.

Dicen que ser feliz es una decisión. Nosotras creemos que es un conjunto de muchas decisiones y todas empiezan por preguntarnos qué necesitamos, cómo podemos cuidarnos y cómo podemos mejorar (aprender- nos) aquello que somos y hacemos.

Nos encantaría que os animaseis a compartir vuestras reflexiones y objetivos.

Buen camino y Buen caminar en este 2021.

2020 se marcha, termina, se acaba, pasa

Año 2020, mayoría de edad, 18 años de vida, caos, miedo, cambios, consciencia, fuerza, capacidad, equipo, despedidas, bienvenidas, vida, muerte…

Son tantas las palabras que podrían definir este año que estas se nos quedan cortas. 2020 empezó entre risas y bailes en una de nuestras cenas de Navidad, compartiéndonos ilusiones las unas a los otros sobre cómo fantaseábamos un año que sin duda tenía toda la pinta de que cambiaría nuestras vidas. Lo que no teníamos ni idea era del giro tan inesperado que nos tocaba afrontar.

Hablábamos de celebrar, de la mayoría de edad de nuestra asociación, hablábamos del recorrido de vida y de todos los cambios que hasta ese momento habíamos afrontado… ¡y nos parecían muchos! No sabíamos lo que estaba por llegar…

2020 nos ha cambiado la vida, todos y todas hemos vivido un gran duelo social. 2020 ha sido probablemente el año del duelo, de la muerte y del dolor. Y ahí hemos estado, siendo soporte.

Cuantos miedos compartidos, cuanta consciencia y cuanta capacidad. Esto también nos lo ha enseñado este “curioso” año. Los cimientos y las bases sirven para sostener y sin duda las tenemos.

Hemos sostenido, te hemos sostenido y nos hemos sostenido entre nosotras porque a días, a ratos, nos temblaba el suelo, el alma, el corazón…

Último día del año, momento para nosotras como equipo también de reflexión y, por qué no, de dar gracias.

Gracias a ti que nos lees.
Gracias a ti, que nos has dejado acompañarte y ser parte de tu vida este año, que nos has dejado “entrar” en tu casa a través de un ordenador, de un móvil. Gracias a ti, que has confiado en nosotras, que nos has abierto tu corazón y nos has enseñado una vez más que el dolor duele, que el dolor sana, y que cuando es compartido se lleva mejor.

Gracias a cada persona que ha ayudado a sostener esta entidad en un año tan duro. GRACIAS junta (Fernando, Eliana, José Joaquín, Amaya, Joaquín, Nati, Sara). GRACIAS voluntarios (Dani, Silbia, Leire, MariJose, Alberto, Arantza, Mari Mar y tantos otros). Y GRACIAS a cada persona que en este 2020 ha aportado su pequeño o gran granito de arena a este proyecto que cada día tiene más luz para poder acompañar en la oscuridad.

2020 se marcha, termina, se acaba, pasa.

Gracias vida por darnos el permiso de vivirlo y gracias muerte por enseñarnos tanto cada día.

Vivamos la vida despiertos. Sin despistarnos.

Sintiendo, permitiendo, recordando.

 

Equipo de Goizargi

¿Qué nos sucede y nos afecta a las personas que estamos viviendo un duelo en Navidad?

Como cada año, nos gustaría dedicar este escrito a reflexionar sobre diferentes cosas que nos suceden y nos afectan a las personas que hemos vivido o estamos viviendo un proceso de duelo en estas fechas tan “especiales” como son las Navidades.

Y lo hacemos con el afán de dar un lugar al dolor, de normalizar aquello que sentimos y de encontrar paz y serenidad entre todo ello. Porque todo lo que vivimos durante el duelo también ocurre en Navidad, con más intensidad si cabe, y creemos que merece ser compartido y tenido en cuenta. Así que, allá vamos.

Nos vienen a la cabeza y al corazón frases de personas con las que hemos compartido en Goizargi y que hemos ido recopilando a lo largo de estos días; pero también podemos recordarlas de personas de años atrás.

Da igual cuanto tiempo pase, las personas que hemos vivido un duelo hablamos el mismo idioma, y hay fechas marcadas en el calendario que hacen que se reaviven más los sentimientos, como estas. Y tenemos sentires muy similares, al menos en los inicios de este duro proceso:

“Ojalá pudiese dormirme hoy y despertarme el 7 de enero”. “No quiero celebrar nada, pero tengo que hacerlo por mi familia, asi que me pondré el ‘disfraz de persona normal’ y ahí estaré”. “Me desgarra ver a toda la familia menos a él o a ella”. “Que a gusto me quedaría en casa sola o me iría a un lugar lejos de aquí”. “La Nochevieja es el momento que más me preocupa, era el más importante para nosotros y no sé si me voy a poder contener…”. “No quiero llorar delante de la familia”. “No tengo nada que celebrar, nada tiene sentido para mí”.

Celebraciones, regalos, música, luces de colores, serpentinas, encuentros… nada que ver con la realidad que vivimos en nuestros corazones como dolientes.

Recuerdos, dolor, tristeza, nostalgia, enfado, miedo, preocupación, ansiedad, desgana, soledad. Qué duro, pero esto es lo que hay. Y no se va porque sea Navidad.

Pero… ¿hay algo que podamos hacer con todo esto? Sí y no.

No podemos traerles de vuelta. No podemos cambiar lo que ha pasado.

No podemos vivir eternamente en los “ojalás”, porque las fantasías no existen.

No podemos huir de nuestra realidad de duelo, porque nos sigue allá donde vamos.

No podemos volver atrás y tampoco acelerar el tiempo hasta el siete de enero.

No podemos quitarnos el dolor.

No podemos disimular nuestra tristeza, aunque nos empeñemos.

Sí podemos entender nuestro dolor. Y el de las personas que nos rodean.

Sí podemos vivir dos emociones contradictorias, aunque duela, y no tenemos porque elegir.

Sí podemos entender que nuestro dolor nos pertenece y, por lo tanto, no es juzgable ni “quitable”.

Sí podemos vivir aquello que sentimos y darnos permiso para expresarlo.

Sí podemos ayudar y facilitar para que esto suceda.

Sí podemos decidir no celebrar nada.

Sí podemos decidir cómo, cuándo, dónde y cuánto queremos estar.

Sí podemos reconstruirnos en soledad. Y acompañados.

Sí podemos recordar, aunque no quedarnos a vivir de los recuerdos.

Sí podemos valorar y honrar lo que tuvimos y lo que tenemos.

Sí podemos necesitar tiempo a solas. Tienes derecho.

Sí puedes brindar, porque eso no excluye que sientas dolor, que estés en duelo.

… Y un montón de cosas más. Pero a veces una o uno mismo tiene que vivir ciertas cosas para poder aprender. Para poder creer que sí, que se puede; que duele, pero que las heridas se curan.

Desde Goizargi os mandamos un abrazo enorme de todo corazón. Os tendremos presentes tanto como cada día.

Brindaremos por los que somos, por los que estamos y por los que nos cuidan desde allí arriba, siempre presentes.

Os mandamos un abrazo enorme de corazón.

Equipo de Goizargi.

El camino de los recuerdos

“Cuando la pena cae sobre mí,
El mundo deja ya de existir.
Miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos…”

(Entre mis recuerdos, Luz Casal)

 

El duelo es un camino, es un proceso de dolor que se inicia tras la pérdida de una persona con la que tenemos un vínculo afectivo significativo; y este camino que comenzamos a recorrer está lleno de emociones, imágenes, pensamientos, conductas, sensaciones y recuerdos.

Nuestros recuerdos son parte de lo que somos. Nuestros recuerdos son importantes y en el proceso de duelo también nos van a acompañar. Por ello, nos puede ayudar comprender su modo de actuar, ya que de ellos depende en gran medida el nuevo vínculo que vamos a establecer con la persona que hemos perdido.

Al inicio del duelo, en algunas ocasiones, no en todas, los recuerdos y las imágenes que más nos llegan pueden tener un contenido molesto e incluso perturbador. Muchas personas solo recuerdan los momentos más dolorosos vividos de enfermedad y de muerte. Estos recuerdos se fijan en la mente de manera persistente, y solo se recuerda el final de la vida de la persona querida. Son recuerdos que aparecen de modo recurrente una y otra vez, que nos embargan de dolor y malestar, y que deseamos parar o evitar porque nos hacen revivir de nuevo la experiencia de dolor pasada y nos sumen en emociones que no nos gusta sentir. En este momento el recuerdo de la persona fallecida ocupa mucho espacio en nuestro mundo interior y en nuestro pensamiento, necesitamos sentirla cerca, sentir que podemos casi tocarla. Todo nuestro anhelo es” volver” a tenerla con nosotros y, por tanto, todos nuestros recuerdos, todo el tiempo, tienen que ver con él o ella, aunque nos duelan.

Conforme avanzamos en el camino del duelo, en un duelo sano los recuerdos van siendo menos intensos, vamos aceptando la nueva realidad, y nos podemos sorprender cuando vemos que no hemos recordado a nuestro ser querido fallecido en un rato, en una mañana, o en un día… Muchas personas sienten este momento como un signo de avance y de normalidad; y otras sienten que se están olvidando y dejando atrás a su ser querido, ya que sus recuerdos no son tan nítidos, ya no pueden recordar su voz o su olor… y aparece el miedo al olvido. Pueden aparecen emociones de culpa y de deslealtad por sentir que podemos comenzar a respirar sin él o ella.

Y finalmente van apareciendo en nuestro recuerdo momentos felices, experiencias que deseamos guardar en nuestra memoria, que ya no duelen tanto y que son sentidos con agradecimiento a lo que pudimos vivir y compartir en el pasado con nuestro ser querido. Por ello, es importante saber que los recuerdos al igual que las emociones van cambiando en su forma e intensidad, y que el proceso de duelo no es para olvidar al ser querido, sino para darle espacio en nuestro corazón en forma de recuerdos.

Los recuerdos nos permiten asegurar e integrar la experiencia vivida dentro de nosotros, y van a alimentarnos en la nueva realidad y en la nueva vida que surge tras la ausencia. Son nuestra memoria y la memoria del ser que hemos perdido.

La relación no termina con la muerte, y el nuevo vínculo sigue siendo una fuente de energía, de guía y de protección.

Demos luz a nuestros recuerdos y con ellos a los seres queridos que ya no están con nosotros. Solo así permanecerán con nosotros para siempre.

Carta a mi yo suicida

Hoy, 10 de septiembre, día mundial de Prevención del Suicidio, hemos querido colaborar con una campaña de sensibilización social lanzada desde «Suicidio, hablar es vital». La propuesta era escribir una carta a nosotros mismos si tuviésemos pensamientos suicidas. Sara Pérez, psicóloga de la asociación, ha escrito una y nos la comparte a todas nosotras.

Hablar, sana. Normalizar, sana. Integrar, sana.

GRACIAS «Suicidio, hablar es vital» por tan bella y necesaria iniciativa. Juntas, juntos, podemos.

 

CARTA A MI YO SUICIDA

“Sé que odias la condescendencia, las frases huecas y los ‘tirones emocionales’ que más que acompañar, arrastran a una a un lugar donde no puede o no quiere estar.

Tranquila, no voy a tratar de rescatarte.

Tienes todo el derecho a estar donde estás y a sentirte como lo estás haciendo en este momento. No me malinterpretes, no es un permiso, es un reconocimiento.

Ya que me das licencia para estar a tu lado, me voy a tumbar junto a ti y a tratar de recordarte algunas cosas que hemos vivido juntas y que quizás ahora, desde la ‘Isla gris’ en la que estás, hayas olvidado. ¿Te parece?

‘Isla gris’. ¿Cuándo le pusimos ese nombre? Creo que fue en uno de nuestros grandes bajones hará dos años. Creo que no pudimos ponerle un nombre mejor, pues define fielmente ese puto lugar.

Sé que ahora estás ahí.

Una isla rodeada de agua azul oscuro, de esa que desvela los kilómetros y kilómetros de profundidad de sus aguas y te lanza a la cara la amenaza y el peligro constante de no atravesarlas.

Una isla que bajo sus aguas esconde los bichos más monstruosos que nadie pueda imaginar.

Una isla en la que en el fondo de sus aguas, se ocultan y refugian las verdades más dolorosas e innombrables del alma.

Una isla que perdura a lo largo de los años, pero que siempre amenaza con hundirse.

Una isla de cielo gris, donde llueve los 365 días del año y las 24 horas del día.

Una isla donde la temperatura nunca varía, 26 grados bajo cero.

Una isla que se traga el tiempo o simplemente lo hace desaparecer.

Una isla repleta de laberintos.

Una isla de granos de culpa, miedo, ira, soledad, abandonos, apatía que pesan kilos y kilos.

Una isla que te hace creer que ya lo has vivido y sentido todo. Y ya no te queda nada.

Una isla en la que estás viva muriéndote a poquitos.

Una isla en la que el amor es guerra.

Una isla deshabitada, donde solo vivimos nosotras y nuestra herida.

Isla amnesia.

La conozco tan bien como tú, Sara.

La diferencia entre tú y yo, en estos momentos, es que yo he encontrado el camino de vuelta a casa y tú lo has olvidado. Con estas palabras, quisiera hacerte recordar:

¿Recuerdas cuando creías que tu hermana te había ‘robado’ la camiseta azul de rayas y finalmente la encontraste en una montaña de ropa sucia de nuestro armario?

¿Y qué me dices de tus ‘superchanclas’ que has creído perder cientos y cientos de veces, y que siempre encuentras? Siempre has dicho que son como tú, ‘que una perdida nunca se pierde’.

¿Recuerdas cuando creías fielmente que habías suspendido aquel examen de la asignatura Conducta y Lenguaje?

¿Recuerdas cuando creías fielmente que nunca te sacarías el carnet de coche?

¿Recuerdas cuando creías fielmente que tenías todos esos trastornos mentales y al final te diste cuenta que estabas en el ‘drama’ generado por el estrés, y así como si nada desaparecieron todos los síntomas? Como nos reímos…

¿Recuerdas cuando creías fielmente que no eras merecedora de amor?

¿Recuerdas cuando creías fielmente que jamás llegarías a conocer la verdadera amistad?

Sé que te vas a reír con algunos de estos ejemplos, pero todos ellos me sirven para decirte que de igual manera sé que ahora estás en la ‘creencia fiel e incuestionable’ de que la vida es el problema, de que eres ‘incorregible’, de que eres la culpable del dolor ajeno y de que nada tiene sentido, que la vida está hueca, es insípida, y que va a ser así por los siglos de los siglos.

No voy a discutírtelo. Estás en la isla y entiendo que lo sientas así. Pero no, es una interpretación que tu cabeza y tu corazón están haciendo desde la herida. ‘Si tienes las gafas de mierda, verás una vida de mierda’, siempre lo has dicho.

Solo quiero que recuerdes que llevas saliendo de esa isla desde que naciste.

Y que al salir de ella, te he visto sonreír y decir que todo lo que ves, tocas, piensas y sientes en esa ‘Isla gris’ parece tan real que te lo llegas a creer, pero que cuando sales de ella (con mucho esfuerzo, amor propio y ayuda de los tuyos), te has dado cuenta de que la ‘VIDA MERECE SER VIVIDA’.

Palabras literales tuyas.

Así que tomate tu tiempo, yo te espero estudiando el nuevo camino de vuelta, que en esta isla ya sabes que los caminos de regreso siempre cambian.

¡Por cierto, acuérdate de cogerte las chanclas, sí, esas, ‘las imperdibles’, que les toca hacer unos cuantos kilómetros más!

¿Eso ha sido una sonrisa?

Ya estás Sara, ya estás a salvo”.

 

Gracias a mis Hermanas y Amigas Bidane, Bea y Laura que reconocen haber estado en esta isla, y que han sido y serán siempre una brújula en el camino, y por supuesto, tierra firme.

Gracias a mi Familia. Chalecos salvavidas y luz de Vida.

Gracias Papá, por enseñarme a nadar.

Sara Pérez Pizarro
Agosto de 2020

La fuerza del grupo

Empieza el curso y con él comienzan las diferentes actividades y servicios que ofrecemos desde Goizargi con el objetivo de acompañar a todas aquellas personas que están atravesando este camino al que llamamos duelo. Uno de los servicios que retomamos en septiembre son los grupos de duelo, por ello queremos ofreceros unas pinceladas acerca de los mismos. ¿Qué es un grupo de duelo? ¿Qué supone para mí? ¿Cómo influye en mi proceso de duelo? ¿Cómo me puede ayudar en mi sufrimiento?

Estos grupos están formados por personas que están viviendo una pérdida y el dolor que esta implica. Generalmente está constituido por personas que han vivido pérdidas distintas (padre/ madre, pareja, hijo/hija…), aunque siempre habrá personas que compartan el tipo de pérdida. Se reúnen semanalmente, están dirigidos por una profesional y en ellos se comparten e intercambian vivencias y recursos que puedan servir de guía a los compañeros y compañeras para aliviar ese dolor y poder adaptarse de una manera sana a la nueva situación que les toca vivir tras la pérdida.

Participar en un grupo de duelo tiene numerosos beneficios para las personas que están viviendo una pérdida, destacando el vínculo que se crea entre las personas dolientes, un vínculo realmente significativo, fuerte y reconfortante ya que comparten uno de los sufrimientos más viscerales: el dolor por la muerte de un ser querido.

Además, en el grupo se encuentra un espacio seguro de apoyo emocional y una atmósfera de sostén en la cual tener la libertad de expresarse sin sentir un juicio por ello, algo que aporta una mejora a nivel emocional y físico.

Compartir experiencias similares a las de los compañeros y compañeras disminuye la sensación de aislamiento social y ayuda a normalizar y validar la experiencia de cada uno y una. Calma sentimientos difíciles, crea una gran cohesión grupal y un sentimiento de pertenencia, y se gana confianza en uno mismo para poder recuperar el control de la propia vida y mejorar la autoestima. Todas las personas hablamos el mismo idioma, el del dolor.

Al tener permiso de contar su vivencia sin tapujos, por “extraña” o inadecuada que sea en el contexto diario (por ejemplo: ver a la persona muerta por la calle), en el grupo se descubre que es una reacción natural y universal del proceso de duelo, y la persona se despoja así del sentimiento de “me estoy volviendo loca” que en muchas ocasiones produce esta experiencia.

En el grupo descubren que el dolor en sí y hablarlo abiertamente no “mata” y que la expresión del mismo les abre la posibilidad de recuperarse. No sienten la necesidad de fingir “estar bien”, el grupo se convierte en el único espacio con permiso para expresar cualquier sentimiento, por complejo o “incorrecto” que sea socialmente (ira, tristeza, culpa, soledad, etc.).

Tiene una función didáctica (se aprende con la ayuda de las demás personas) qué es el duelo, que requiere un tiempo y una actitud activa por parte del doliente, las tareas a las que deben enfrentarse, etc. La recuperación o cambio positivo de una persona del grupo es esperanza para el resto y satisfacción y orgullo por el avance del compañero.

El grupo sirve para compartir estrategias de afrontamiento a situaciones o problemas concretos, como las Navidades o el acompañamiento de los hijos e hijas. Entre todas las personas se ayudan en la búsqueda de la estrategia más adecuada a cada situación concreta. Se ayudan a descubrir otras maneras de vivir y afrontar la pérdida, encontrando poco a poco esperanza e ilusión en la vida.

En los grupos se forman pequeñas-grandes redes de apoyo para las personas que están viviendo un duelo por la pérdida de un ser querido. En ellos cada persona va aportando su vivencia, soltando pequeñas “luciérnagas” que iluminan el camino de las demás y ayudan a que el sufrimiento vaya disminuyendo, creando un vínculo de fortaleza grupal.

¿Qué mejor que las propias personas dolientes para transmitir qué ha significado el grupo para ellas y para su proceso de duelo? Os invitamos a ver el último vídeo que hemos publicado, en el que podéis acercaros más a fondo a la experiencia que se vive en un grupo de duelo.

Si pudiera… cambiar la realidad

En el acompañamiento que como profesionales realizamos a las personas día a día en sus pérdidas y en su dolor, a veces nos encontramos con algunas personas que tienen la capacidad de expresar sus emociones y su sentir no solo a nivel verbal, sino que utilizan otros lenguajes más personales que les permiten crear “pequeñas obras” literarias u otras artes. Son su manera de lograr una expresión más íntima y personal de lo que sienten, de lo que les sucede por dentro ante la muerte, la enfermedad o la ausencia de personas significativas de sus vidas.

Crean pequeñas joyas, casi siempre cargadas de belleza que traspasan la practicidad cotidiana, y dejan atrás el vocabulario habitual para alcanzar una mayor conexión y una forma única de expresión y comprensión de su dolido mundo emocional. Sin duda son de gran ayuda para sus autores, ya que les permiten bucear dentro de sí mismos en una búsqueda profunda de emociones y sentimientos que siempre están cargados de un contenido importante que merece ser atendido y escuchado.

A menudo encontramos expresiones sentidas, íntimas y muy personales que reflejan con fuerza el momento en el que se encuentran sus procesos de duelo, y que sin duda son fuente de conocimiento de cómo es su duelo.

Hoy queremos compartir con vosotras y vosotros una poesía que ha escrito una persona que está viviendo el duelo por pérdida de su pareja en Goizargi. La escritura es para él una herramienta de expresión, vincula las palabras, las ordena hasta dar con una forma única de decirnos cómo está, qué siente, que desearía. Contiene su realidad, su dolor, sus anhelos… Nos dice tantas cosas…

En su dolor y su generosidad, permite que podamos acercarnos a su vida regalándonos este poema que él ha tejido con sus lágrimas y que sin duda vais a saber leer, sentir y comprender en un plano único, personal y cercano, ya que el dolor tiene la virtud de acercarnos y unirnos.

 

Si pudiera… cambiar la realidad

Si pudiera
hacer un nido con mis manos
donde pueda habitar una paloma,

Si pudiera
con un beso hacer sanar la herida
de un triste corazón abandonado,

Si yo pudiera
lograr que las estrellas devolvieran
su luz al firmamento,

Si pudiera
hacer con la mañana una sonrisa
que cubriera de escarcha el horizonte,

Si pudiera
acariciar a un niño sin herirlo,
contar cuentos de miedos a la luna,
perderme entre la niebla y ser de musgo,
hundirme en las entrañas de la tierra
y allí poder echar raíces como un árbol,

Si pudiera
hacer que este dolor se desvanezca
y esconder en la luz el universo,

Si pudiera
hablar con Dios solo un momento
y Él me respondiera, entonces,
le diría…

(J. L. A.)

 

No queremos estropear con alguna reflexión torpe este poema, solo esperamos que podáis disfrutar la belleza, la sensibilidad, el amor y el afecto con el que ha sido creado y saber y sentir que es “fruto” del dolor de la pérdida.