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Reconstruyendo tu identidad tras la enfermedad

Me encantan esas películas que empiezan con una nave espacial explotando un territorio postapocalíptico donde, tras un gran desastre, el mundo ha quedado destruido. Edificios destrozados, polvo y humo que dificulta la visión, junto con un olor pesado a cemento y alquitrán que lo invade todo. Esas películas donde, de pronto, la nave descubre una brizna de hierba, un pequeño trébol o un brote que da un color verde intenso al desolado paisaje. Y una esperanza: la vida se abre paso.

Pues aquí estoy yo, en mi nave dando vueltas y vueltas y más vueltas. Mi cabeza no es capaz de parar obsesivamente de buscar esa brizna de hierba, esa explicación que me haga entender qué ha pasado en mi mundo y poder dormir tranquilo. Pero aún no he encontrado nada, solo asfalto, hormigón y hierros oxidados. Sé que tengo que descansar, que tengo que parar, pero no soy capaz; no tengo hambre, no puedo comer, solo necesito respuestas. El olor sigue metido en mi nariz, ese olor creado por la combinación contrapuesta de desinfectante y humanidad. Esa sensación en mi garganta que solo la lejía es capaz de crear y que no soy capaz de quitarme, y a juego con el nudo en la boca del estómago que me acompaña desde hace meses.

En momentos puedo percibir pedazos de edificios que se me hacen familiares, carteles a medio quemar que reconozco a que tienda pertenecían. Pero ya no están. ¿Quién soy? Todo lo que me definía ha quedado sepultado, quemado o desfigurado.

Hoy me han dicho «es incurable», con otras palabras, por supuesto, más educadas y asépticas, pero el hecho es que “te vas a morir”. Como un yogur, con fecha. No me preguntes que tiempo me han dicho porque no lo recuerdo. Mi cabeza se ha vaciado por completo, de repente floto en la nada.

Meses y meses de terrible desgaste, de esperanzas y decepciones, de un esfuerzo tras otro, no solo mío si no de todo mi entorno. Cada persona que forma parte de mi vida. Como un gran agujero negro la enfermedad ha absorbido la vida de la gente que más quiero. Mi impotencia se dispara cuando veo en sus ojos como desaparecen sus vidas para unirse a mí en la lucha. Han dejado todo, incluso cachitos de salud por estar a mi lado. Por apoyarme. Y ¡ahora qué? Quién les devuelve eso. Es injusto, sigo flotando, creo que camino por el hospital mientras me habla, ¡aún me habla!, aún es capaz de hablarme mientras me coge la mano.

Claro que llora, pero intenta que no sea a mi lado, lo sé. Pero a veces necesito que sea a mi lado, que no se esconda. Porque esto le está robando, para siempre, también parte de su vida.

Todo empezó hace unos meses, con pequeñas molestias. Después han venido pruebas y más pruebas, dudas, diagnósticos, jeringuillas, sonrisas escondidas en mascarillas, ese olor a lejía y desinfectante, tubos, escáneres, dolor, desazón en las salas de espera y, sobre todo, mi incapacidad de quedarme quieto a pesar de que, en ocasiones, le alteraba.

Ha dejado su trabajo y se ha perdido en algún pasillo de este hospital; se ha fundido conmigo para formar parte de mí, para luchar, como dice. Ya no es mi diagnóstico, es el nuestro; ya no es mi rehabilitación, es la nuestra; ya no es mi enfermedad, es la nuestra. Está conmigo poniendo cada gramito de energía del que dispone. ¡Y para qué?

Ahora solo hay demasiados para qué, por qué y vacío en mi cabeza. Sigo flotando.

Necesito cerrar. Necesito abandonarme y abrir la escotilla de la nave y, como los grandes héroes de esas películas, aceptar con una sonrisa y poder disfrutar del último paseo. No tengo madera de héroe, tengo miedo, mucho miedo. Pero como en un estúpido juego de intentar engañarnos, finjo una mueca que puede parecer una sonrisa y sus ojos me devuelven algo parecido. Ninguno tenemos ganas de sonreír, pero en ese tonto intento de “cuidarnos”, nos perdemos.

Sigue fingiendo que es fuerte y yo que estoy en paz. Pero nunca hemos estado más solos. Me encantaría darle un abrazo y hablarle de mi inmenso agujero negro, de cómo me siento, pero no quiero hacerle daño. Sé que lo sabe, pero necesito decírselo. Decido quedarme en el vacío y soy incapaz de articular palabra. Solo deseo que pueda reconstruir su mundo, que encuentre ese pequeño brote de esperanza y, aunque los escombros sigan debajo, la vida poco a poco vuelva a llenar de verde su planeta.

El duelo en niños y niñas en esta situación de confinamiento y pandemia

Los niños y las niñas dependen de sus adultos de referencia para adaptarse saludablemente a las circunstancias complicadas. Nos encontramos ante una situación totalmente nueva para ellos y para nosotros… la obligación de estar en casa, salirnos de la rutina, y también de aquello que nos evade… Y además el miedo a la muerte y a la enfermedad, la realidad de que alguien cercano esté contagiado o haya muerto por este motivo o cualquier otro… Una suma de factores difíciles.

Está suponiendo todo un reto adaptarnos, y también lo es acompañar a los pequeños en su propia adaptación, sobre todo porque se mueven nuestros propios dolores, miedos o preocupaciones.

Pero tienen derecho a que lo intentemos, aquí van unas cuantas pautas que pueden ayudarnos:

🦋 Procurad responder a sus preguntas con la mayor claridad y ajuste a su capacidad de comprensión.

🦋 Es importante tranquilizarles al respecto de su propia muerte o enfermedad y la de sus familiares. Sobre todo a los más pequeños les podemos recordar que “muere la gente que es muy muy mayor o muy muy malita, y los mayores estamos haciendo todo lo posible para protegerles y protegernos”.

🦋 No debemos negarles la realidad. Si no sabemos la respuesta, les diremos que no la sabemos, sin inventarnos. Por ejemplo: “No sabemos cuándo acabará el estar encerrados pero sí sabemos que volveremos al colegio, a trabajar, a ver a los amigos…”.

🦋 Si como familia estamos en duelo, hablemos de cómo nos estamos sintiendo (tristes, enfadados, contentos, miedosos…). En nuestro proceso tendremos momentos de mayor dolor por la pérdida y otros de menos o, incluso, alegres alrededor de recuerdos bonitos. Ambos dos pueden ser compartidos con los más pequeños.

🦋 Es importante proteger a los menores de situaciones de desbordamiento en las que perdemos los nervios, el dolor es muy desgarrador o nos invade el miedo. Puede servirnos hablar con otro adulto o buscar soporte. Recuerda que el dolor no mata y todos somos capaces de sobrevivir a un proceso de duelo.

🦋 Frente a una posible pérdida, es importante hablar con ellos para que puedan integrar esta realidad. Podemos invitarles a hacer algún dibujo, manualidad o escrito para despedirse e intentar hacérselo llegar a la persona que esté muriendo si es posible.

No olvidemos que aun siendo muy pequeños, sienten muy fuerte y son tan capaces como nosotros de superar situaciones estresantes y elaborar sus duelos, solo necesitan protección, información y muchísimo cariño para hacerlo de forma saludable.