Volviendo a la «normalidad»

Aún con los últimos retazos de las vacaciones en nuestra cabeza y disfrutando de los últimos días de verano, vamos avanzando en septiembre y, con ello, en la vuelta a nuestras rutinas y obligaciones que nos tienen ocupadas todo el curso.

Durante los meses de julio y agosto una gran parte de vosotras y vosotros no requiere tanto nuestro acompañamiento. Os vais de vacaciones, a pasar el verano al pueblo, queréis pasar más tiempo de la familia y olvidaros de horarios… Así que nosotras también aprovechamos a descansar, recargar pilas e ir preparando el nuevo curso.

Por eso, para nosotras, para la entidad, septiembre significa retornar a la «normalidad». Este mes se retoman o inician los grupos de duelo. Siete grupos tenemos activos, siete espacios de apoyo emocional, de escucha, compresión y acompañamiento y de sostén en los que compartir uno de los sufrimientos más viscerales: el dolor por la muerte de un ser querido. Una de nuestras mayores satisfacciones que nos dais es escucharos decir, una vez que el grupo finaliza, el aprendizaje, la seguridad, el bienestar y el apoyo que os proporciona y el gran vínculo que se crea entre todas las personas que lo compartís.

Este mes también comienza el taller lúdico-terapéutico de Pequeños Pasos, el grupo de duelo para niñas y niños de entre 4 y 10 años. A través de juegos, manualidades, lecturas… les ayudamos a expresar y gestionar sus emociones y a canalizarlas en un entorno seguro y rodeados de iguales. Este taller se complementa con sesiones psicoeducativas con las mamás, papás o personas de referencia con el objetivo de que adquieran herramientas y recursos para acompañar a las y los peques.

Las formaciones y charlas es otra de las actividades que vuelven con el inicio de curso. En colegios, Centros de Salud, ayuntamientos, Servicios Sociales, otras entidades sociales… Duelo general, duelo infantil, divulgación de la entidad, final de vida… Formar a los profesionales de los ámbitos de la Salud, Educación y Social, que en su día a día laboral trabajan con personas que están viviendo un duelo, es primordial para avanzar en la normalización de la muerte y el duelo como parte de la vida.

A finales de mes, el domingo 26 de septiembre, disputaremos una nueva edición, la séptima, del Torneo Benéfico de Pádel, en la que aunamos deporte y solidaridad; y en octubre llega la Semana del Recuerdo, del 25 al 30, con varias actividades programadas en torno al duelo, y la ya más que asentada Jornada de Duelo. Encuentros con familiares y amigos de personas en duelo, Death cafés… y nuevos proyectos y actividades que tenemos en marcha (y de los que todavía no os podemos decir nada…), siempre con la mirada puesta en mejorar, mejorar como entidad y mejorar en nuestra atención hacia vosotras y vosotros.

¡Seguimos avanzando…!

El VII Torneo Benéfico de Pádel Asociación Goizargi se disputará el 26 de septiembre

Después de un año de parón… ¡el próximo 26 de septiembre disputaremos el VII Torneo Benéfico de Pádel Asociación Goizargi!

Se va a celebrar en las instalaciones del Arena Entrena Pádel, que nuevamente colabora con nosotras en su organización, y el formato diseñado contempla cuatro categorías: dos masculinas (nivel medio y avanzado) y otras dos femeninas (nivel medio y avanzado). Si alguna pareja mixta desea inscribirse, podrá hacerlo jugando dentro de los cuadros masculinos. El límite de participantes será de 64 parejas, 16 por categoría.

La inscripción cuesta 15 euros y todo el dinero que se recaude se destinará íntegramente a la asociación.
Las personas interesadas podéis inscribiros previamente en la web de Arena Entrena Pádel (www.entrenapadel.com), a través del formulario disponible en la página principal. El abono de los 15 euros de la inscripción se realizará el mismo día del torneo, antes de disputar el primer partido, a las 16.00 horas, en el control de jugadores habilitado.

Al finalizar el torneo, habrá trofeos y premios para las y los campeones y subcampeones de cada categoría, además de un sorteo final con numerosos regalos donados por los patrocinadores del evento: Conservas Pedro Luis, Bombones Torres, Varices y Microespuma, Cachet Shop, autoescuela Foncillas, Floristeria Nuñez, Deportes Zariquiegui, Irure Carnicería, Domaines Lupier, Casa Manolo Restaurante, Onfitness y Linsa. Igualmente agradecemos la colaboración de ATICA FM.

¡Os animamos a pasar una gran tarde de deporte y solidaridad!

Recomendaciones literarias para el verano

El verano es un momento de sosiego y espacio para escoger una buena lectura. El duelo nos acompaña en esta época de una manera muy especial. Con los cambios de horarios, de lugares, de ritmos y de actividades el recuerdo de nuestros seres queridos está muy presente. Lo que se mantenía «bajo control» el resto del año por la rutina del día a día, en ocasiones adormece emociones y recuerdos, ahora sale a flote como un corcho.

Es momento de encontrar consuelo en la lectura, de entender desde otro punto de vista lo qué nos pasa, de escuchar nuestras emociones en otra persona y de sentir el alivio de la identificación en un relato. Una buena lectura es sanadora a todas las edades.

Hoy os traemos un par de libros para adultos, pero nos gustaría que disfrutarais también de los cuatro cuentos infantiles, ya que tienen tantas capas que podemos sentirnos identificados y vernos reflejados desde la experiencia de cualquier edad. Además, el especial dibujo y cuidado del diseño en cada uno de ellos, el detalle de cada página, puede sumergirnos en un mar de evocaciones.

 

Luto en colores, repensar la muerte para celebrar la vida. Silvia Melero.

Este libro nace de una experiencia personal, el suicidio de una hermana. Pero se expande como un geiser hacia cualquier tipo de fallecimiento, en especial aquellos donde la sociedad los esconde en un rincón.

Es una invitación a la diversidad, la pluralidad y la libertad porque hay muchas formas de vivir la muerte, la despedida y el duelo. Y es una apuesta por la creatividad como herramienta maravillosa para aligerar el dolor y homenajear a nuestros seres queridos, haciendo de su ausencia una presencia llena de luz y aprendizaje en nuestras vidas.

 

Cicatrices del corazón. Rosa Mª Martínez
En este libro sucede algo fundamental dentro de un proceso de duelo. Cuando alguien muere, cuando deja de tener presencia en nuestra vida, se crea un proceso de adaptación. Supone revisar aquello que llevo en la mochila, todo aquello que era importante para mí, y reevaluarlo. Esto hace temblar los valores, creencias, relaciones, prioridades y todo aquello donde se sujeta una vida, para volver a crear algo nuevo, para adaptarnos.

Este libro puede acompañar a transitar el camino del proceso de duelo profundizando en dudas, inseguridades y normalizando muchas de las vivencias que a lo largo de este camino se siente cuando se transita.

 

No es fácil, pequeña ardilla. Ramón, E. y Osuna, R. (2003).

Es un cuento muy delicado que trata con mucho respeto el dolor. De forma muy explicita pone sobre la mesa el abanico de emociones que vivimos en un proceso de duelo. No es una lectura ligera, pero da consuelo y respuestas a los niños y niñas que están pasando un proceso de duelo. Incluso, como en muchos cuentos, da la paz necesaria para sentir que lo que vivo no es malo ni soy el único que lo vivo.

Ayuda a identificarse perfectamente con el personaje y a normalizar muchos de los pensamientos que nos invaden en un proceso de duelo.

 

En todas partes y en cualquier lugar. Pim Van Hest

Precioso cuento, con unas imágenes bellísimas donde nos trasportan a disfrutar de las cosas más sencillas y a sentir aquella vinculación con la persona fallecida. Es un homenaje a los detalles y a aquello que ha dejado en nosotros el paso de esa persona por nuestra vida.

 

Para siempre. Durant A. y Gliori D. (2004).

Es un cuento optimista y divertido para niños de entre 3 y 5 años. Ayuda a salir del dolor y nos abre un camino preciso donde crear algo nuevo, donde poder vivir con disfrute la experiencia de haber compartido la vida con nuestro ser querido.

 

El hilo de la vida. Davide Cali y Serge Bloch

Libro de cómic para todas las edades, con un trazo sencillo y pocas palabras que nos sumerge en la historia llegando a crear empatía con los personajes. La profundidad de lo sencillo, la sensación de explicar cómo en ocasiones nos pasamos la vida esperando (como dijo John Lennon, «la vida es lo que pasa mientras haces planes») es lo que nos refleja este libro. Nos impulsa a disfrutar del momento.

Hace 19 años… que todo cambió

Todo empezó como una idea, una necesidad. Algo en el corazón palpitaba y vibraba sintiendo que el dolor y el duelo necesitaban un lugar donde poder sostenerse, necesitaban un sitio donde atenderlo, mirarlo y mimarlo.

Siempre he escuchado que de las grandes crisis pueden surgir grandes cambios, que en muchas ocasiones el dolor nos invita a la transformación, al movimiento, aunque en ese momento no podamos verlo. Después de 19 años, quiero contaros una historia…

Un día todo cambió. Un día alguien me dijo que todo el dolor tenía que tener un sentido, tenía que «servir» para algo y, a día de hoy, puedo y quiero decir que ese fue el inicio de esta larga andadura. Goizargi nace desde el dolor, desde la pérdida, desde la necesidad. Tal vez, y por qué no, desde el grito. Un grito a la sociedad para recordarle que las personas en duelo no somos «bichos raros» o «patatas calientes» que en muchas ocasiones no se sabe qué hacer con ellas.

Han sido años de construcción, una construcción lenta, poquito a poco, intentando asentar cimientos. Hemos crecido muy despacio, con cuidado y con mimo. Como esas recetas que requieren ingredientes difíciles de encontrar y necesitan tiempo de elaboración, de dejar que la masa asiente, suba, se haga…

El camino no siempre ha sido fácil. Me vienen a la cabeza tantos momentos, tantas personas, tantas anécdotas. Situaciones duras a las que hemos sabido hacer frente. Momentos, a veces instantes, donde el cansancio pesaba tanto y donde la piedra parecía tan grande que queríamos parar, tirar la toalla y dejar de pelear. Y eso jamás sucedió. Siempre aparecía una luz, pequeña o grande, que nos recordaba que el camino merecía la pena, que la lucha tenía un sentido, un gran sentido.

Ese día que la idea empezó a tomar realidad recuerdo decirme en voz alta que esta asociación tendría sentido el día que pudiésemos ayudar o conseguir que una persona en duelo lograse no sentirse sola, no sentirse extraña ni rara. Hoy, 19 años después, miro atrás y tomo consciencia del recorrido y de la importancia de lo sentido y de lo vivido. Creo y siento que el objetivo está más que cumplido. Hemos acompañado a muchas personas y familias en su dolor. Hemos marcado una forma y manera de acompañar, de dar espacio y lugar al dolor. Y cuando lo escribo me emociono y me vibra la tripa, y me recuerda que estoy, que estamos vivos y podemos sentir.

Por eso, gracias.
Gracias a cada persona que ha puesto su granito de arena para que esto sea lo que es.
Gracias a los y las profesionales y las personas voluntarias que han formado y forman parte de este proyecto.
Gracias a cada persona que ha luchado conmigo y junto a mí.
Gracias vida por el permiso que nos das para acompañar a cada persona que se acerca, por seguir manteniéndonos con luz y fuerza para hacerlo.

Hace años un día todo cambió. Hoy sigue cambiando… ¡y nos gusta!

 

Rakel Mateo, fundadora de Goizargi.

El voluntariado es revolución

Voluntariado… para cuánto da este tema…

Hace un tiempo, leí un escrito que me marcó acerca del voluntariado.

Aquel escrito venía a decir que la magia no existe y que, por lo tanto, no podemos esperar «milagros» que cambien el dolor del mundo o que solucionen los problemas de la sociedad en la que vivimos, sino que cada persona, desde lo que es, desde lo que tiene, era la semilla de cambio, de fuerza e impulso necesario, suficiente y poderosa capaz de transformar con sus actos la realidad.

También decía que nosotras y nosotros mismos poseemos la capacidad y el poder de imaginarnos mejores personas y que eso se traducía en un mundo mejor.

Y se me despertaron varias reflexiones que me gustaría compartir.

No sé si alguna vez habéis sentido que sois demasiados «pequeños y pequeñas» en el mundo y para el mundo. Es una sensación extraña que, en mi caso, durante unos años, me llevó, entre otras cosas, a creer que yo no podía hacer nada para ayudar a los demás ni para cambiar la realidad o, al menos, aportar mi granito de arena.

Y es que hay veces que el mundo, el sistema, nos hace sentirnos así. Pequeñitos, indefensos, centrados en sobrevivir a nuestra propia batalla, volviéndonos «ciegos» a lo que ocurre en la puerta de enfrente, negando la oportunidad de recrear otras alternativas y quitando la energía de nuestras ganas.

Esto es un arma de doble filo. Al menos para mí. Durante un tiempo me tragué esto que os cuento. Hasta que conocí a una mujer de mi pueblo que me cambió la visión 180 grados.

«No hay una única manera de prestar voluntariado. Hay muchas. Lo importante es que te apetezca, que quieras, que te comprometas contigo y con la causa, con las personas. Puedes dar luz siendo vela o siendo espejo que refleja».

Me hizo pensar en lo necesario y lo importante.

Me hizo pensar que en mi sentimiento de indefensión también había miedo.

Miedo de no ser capaz, miedo a no saber hacer las cosas, miedo a fallar. Miedos.

Y también me hizo pensar en que quizás la historia de que el sistema me había hecho creer que no podía hacer nada, era una excusa para no enfrentarme a mis miedos y no comprometerme con la causa, como decía aquella mujer.

Porque comprometerme con la causa era tomar conciencia de realidades que duelen y que no son fáciles de mirar ya acompañar.

Porque comprometerme con la causa implicaba abandonar ciertos privilegios a los que me resistía.

Por qué comprometerme con la causa significaba esfuerzos y afrontar sustos varios.

Porque comprometerse con la causa era comprometerme conmigo misma y los demás en un grado «heavy metal».

Porque comprometerme con la causa era sentirme vulnerable y afrontar miedos.

Por eso os decía que la indefensión y la autocompasión que le sigue, a veces, son un arma de doble filo. Porque nos escudan y nos estancan y nos inmovilizan.

Hay creencias que limitan. Ya veis.

Tras cuestionarme todo, llegué a una conclusión: «en estos tiempos que corren, el voluntariado también es revolución».

Han pasado 16 años y los tiempos no cambian. Esa conclusión sigue teniendo sentido hoy en día, y sobre todo el «querer es poder». En esto sí se cumple.

Con todo esto, no me cabe más que dar gracias a la experiencia como voluntaria, por hacerme madurar, por regalarme lecciones, por empoderarme, por ponerme en contacto con la muerte, el dolor, pero, sobre todo, con la Vida.

¿Nuestra sociedad está preparada para el duelo?

Hoy es martes y son las 18.00 horas de la tarde. A esta hora, semanalmente, María, Merche, Pedro, Lucía, Marisol, José Andrés… tienen una cita en el centro de Pamplona. Unos se acercan caminando con tranquilidad, otros llegan corriendo porque salen de sus trabajos y van con el tiempo justo. Conforme se juntan se saludan efusivamente, se miran con cariño y con afecto, se reconocen y se alegran de verse nuevamente. Durante hora y media van a compartir su vida.

A todos les une una misma experiencia, todos han perdido recientemente un ser querido y buscan un espacio seguro donde poder expresar su dolor y las emociones que les embargan. Se permiten llorar sin que sus lágrimas les sean negadas o juzgadas, comparten las dificultades del día a día, hablan de sus seres queridos muertos, al principio con mucho dolor, y poco a poco con naturalidad.

Todos ellos forman un grupo de iguales donde se sienten cómodos, saben que aquí el tiempo no les mete prisa, nadie les dice lo que está bien o mal, lo que tienen que hacer o no hacer. Aprenden juntos que las emociones que sienten ahora pueden ser intensas e incómodas, pero son funcionales; poco a poco van identificando y aceptando su tristeza, su pena, su miedo, su culpa, su rabia, su sorpresa… Saben que cuando afloran es porque necesitan ser miradas y sentidas, y aprenden a dejarlas fluir, a no evitarlas. Todos se acompañan y se dan la mano en el tobogán emocional que están experimentando y van normalizando poquito a poco lo que sienten y piensan.

Casi todos agradecen este espacio y constantemente reconocen el poder tenerse unos a otros. Es mágico observar cómo se cuidan con palabras y gestos de solidaridad y comprensión. En poco tiempo hacen un vínculo relacional especial y sincero basado en la confianza y en la seguridad. Se sienten bien acompañados.

Como habréis podido adivinar hablamos de un grupo de duelo, un espacio terapéutico especialmente creado para vivir el duelo en compañía de otras personas que están atravesando una vivencia similar.

La mayoría de los participantes valoran esta experiencia de manera muy positiva. El grupo es para ellos un espacio seguro, una cita que les da un respiro y un momento de contacto social, de relación con otras personas que hablan su mismo idioma y donde pueden ser ellos mismos, es decir, por un tiempo personas en duelo. Este espacio es un remanso a la soledad que en muchas ocasiones la sociedad les condena.

Como sabéis el duelo en un proceso natural, una respuesta casi instintiva a la muerte de un ser querido, pero nuestra sociedad, demasiadas veces, bloquea y sanciona la conexión con las emociones llamadas negativas o desagradables y, por tanto, impide respuestas naturales que permiten elaborar el duelo. Esto hace que un proceso sano y fluido se bloquee dando lugar a procesos complicados. La sociedad y el entorno social influyen en la forma de gestionar el duelo marcando el ritmo y el tiempo; es una realidad que la sociedad actual invita a pasar página rápido tratando de evitar el dolor y las emociones que suelen ir asociadas y que producen desagrado.

Como hemos visto en la experiencia grupal descrita, el dolor necesita espacio para ser transitado, necesita luz y a menudo el espacio grupal es el único sitio con el que el doliente cuenta para gestionar su dolor.

La sociedad no está preparada para gestionar la realidad de la muerte, ni para apoyar a las personas que experimentan la muerte de sus seres queridos. Nuestra sociedad vive de espaldas a la certeza de la muerte, se vive la muerte como un tabú, como un error, y cuando nos enfrentamos a ella el impacto es enorme. Por ello la pandemia ha sido una torta de realidad tremenda en nuestra sociedad hedonista.

En los últimos años de nuestra historia, la muerte se ha desnaturalizado, se ha convertido en un acontecimiento extraordinario. El ser humano ha querido alejar la muerte de su vida cotidiana con la frágil esperanza de desterrarla de su existencia. Esta ocultación y esta tendencia a evitar hablar de muerte o hablar de dolor es un intento de controlar el proceso desde la distancia emocional.

«Es mucho más frecuente que un amigo o familiar te anime a estar bien o a ser fuerte, a que te permita llorar o estar mal por un tiempo».

Necesitamos madurar como sociedad para permitir a los miembros dolientes vivir el proceso de dolor de forma sana. Necesitan que los acompañemos y sujetemos en su vulnerabilidad o en su fortaleza; necesitan la presencia, el permiso, la validación y la seguridad del grupo al que pertenecen para sentirse seguros y acompañados en la experiencia vital estresante de pérdida.

Nos necesitamos para celebrar juntos lo que la vida nos da y también para compartir el dolor de lo que la vida nos quita. Necesitamos una red social compasiva y comprensiva que pueda sujetar a sus miembros cuando sientan la vulnerabilidad natural y normal que trae consigo la pérdida.

El proceso de duelo es un proceso de adaptación a una nueva realidad y necesitamos que la sociedad nos dé el espacio y el tiempo que cada uno necesita para volver a ser de nuevo un miembro con la capacidad y funcionalidad adecuadas.

Ser conscientes de que tenemos esta tarea pendiente es un primer paso y cada granito de arena cuenta.

Pérdidas y aprendizajes en un año de pandemia

Recuerdo que, sobre todo, en mi niñez, fantaseaba con la idea de que ocurriese una “catástrofe” (siempre con final feliz, claro,) que paralizara el mundo, que me absolviera a mí y al mundo de toda responsabilidad, como ir al colegio, al instituto, a la universidad y al trabajo.

Sobre todo, solía pensarlo con fuerza los domingos y los días de lluvia y frío, vamos, bastante a menudo. Pero que va, llegaba el lunes y nada. Ni rastro de ciclogénesis explosivas con nevadas de 5 metros a su paso, ni plagas de langostas, ni invasiones alienígenas.

Quien me iba a decir a mí, que el 14 de marzo de 2020 esa fantasía se iba a hacer realidad en forma de pandemia mundial.

Reconozco que al principio subestimé la fuerza de la COVID-19. No creí que el mundo pudiese paralizarse. No creía posible todo lo que hemos vivido y estamos viviendo. No podía imaginar que el mundo, tal y como lo habíamos conocido hasta el momento, iba a cambiar para siempre.

Va a cumplirse un año desde que la COVID-19 apareció en nuestras vidas y en una entrevista, hace pocos días, me hicieron una de esas preguntas que te invitan a mirar hacia adentro: «¿Qué sientes que has perdido durante la pandemia?».

Este tipo de preguntas siempre invitan a sentarte y hacer «inventario», que es lo que pretendo en este breve escrito.

Lo primero que me nace decir es que me siento privilegiada. No sé muy bien qué palabra poner al poder decir que no he vivido la enfermedad de cerca ni muertes directas por su causa. Pero sí he estado al lado de personas que las han vivido y ha sido una de las experiencias más difíciles, dolorosas e impactantes que me ha tocado acompañar.

Mientras escribo esto me vienen imágenes de muchas de esas personas, sus historias, llamadas de teléfono y conversaciones. Recuerdos.

No es comparable, pero todos hemos perdido algo durante esta pandemia. En este sentido, me sale decir en tono de disculpa que también me siento privilegiada de poder hablar no solo de pérdidas sino de «ganancias». ¿Se puede «ganar» algo en tiempos de pandemia mundial? He necesitado de mis «terapias» y de mis tiempos para poder responder afirmativamente a esta pregunta, pero sí, podemos aprender, y eso es ganar. Ojalá las personas que leáis esto también podáis decir lo mismo.

Bueno, reformulo entonces la pregunta de aquella entrevista y que utilizaré como título de este mini inventario: «Pérdidas y aprendizajes en un año de pandemia».

Para ser justos, no sé si soy yo la que ha perdido o es la COVID la que me ha robado. Qué más da, el sentimiento de pérdida es innegable. Algunas de las pérdidas que más he sentido han sido estas:

  • El derecho vital de abrazar y ser abrazada.
  • El derecho vital de tocar y ser tocada.
  • El derecho vital de mirar y ser mirada a cara descubierta.
  • El derecho vital de ver sonreír.
  • El derecho vital a una fuente de energía universal e insustituible: la presencia de mi familia (incluyendo a mis «bichos») y mis amigos y amigas. La pérdida de la compañía.
  • El caminar y pasear sintiendo la brisa en la cara y escuchar a los pájaros al amanecer durante 62 días seguidos.
  • La pérdida de «la posibilidad de».
  • La pérdida de los paisajes de mi pueblo.
  • La posibilidad de brindar en una terraza.
  • La posibilidad de celebrar momentos especiales, como la maternidad de una de mis «hermanas», la primera de la cuadrilla.
  • El tiempo. El tiempo de ESTAR CON.
  • Sentí como pérdida las calles desiertas, bares, plazas, parques y colegios cerrados, vacíos.
  • La pérdida de no poder respirar si no es a través de una tela.
  • La pérdida de no poder viajar.

Tengo que reconocer que la COVID-19, los 62 días de confinamiento y lo que llevamos de pandemia ha supuesto entrar en crisis, en transformación, en «muda de piel». Y no ha sido fácil.

Ha sido como un viaje. Y un chequeo de autoreconocimiento.

He atravesado mi ansiedad, mi dificultad de parar, mi aburrimiento, mi impotencia, mis preocupaciones, mis miedos, mi rabia, mis responsabilidades, mi vacío, mi locura y mi salud. He cuestionado mis valores y los valores del mundo donde vivo, me he reafirmado en mis convicciones. Pero esto me da para cuatro folios más.

Cambio de significados.
Cambio de dirección.
Despedidas. Cierres. Bienvenidas.
Limpieza.
Puesta al día.

No quise volver igual y, aunque quisiera, con todo esto, es imposible.

¿Y tú?

«Un chute de vida en el sentido más vital y doloroso de la palabra»

“Ha pasado un mes aproximadamente desde la finalización de Pinceladas I.

Iba ilusionada y a la expectativa. Me habían hablado tanto de que era un fin de semana intenso, que esperaba un chute de energía que creo necesitaba… Y no me decepcionó. Fue emocionante y catártico a la vez, un chute de vida en el sentido más vital y doloroso de la palabra.

He podido volver a conectar y recolocar, no ya el dolor, sino la ausencia. Esta falta tan grande de un compañero de vida que lo es todo, en todo momento y para todo. Está recolocado, pero no solucionado. La ausencia sigue allí, dejando un hueco que no puedo llenar y que de alguna forma no me deja vivir la vida como yo quiero, plenamente, un poco loca, dejándome arrastrar por los sentidos, por la belleza, por el amor hacia todas las cosas. No se trata de sustituir, se trata de reinventar la vida sin huecos, y eso me está costando. Él siempre estará en mi corazón y mi corazón está lleno, pero siento que a mi vida le falta algo, algo que no depende de nadie sino de mi misma. Sigo teniendo miedo a no poder conseguirlo a pesar de mis intentos.

He llorado, he sentido, he compartido y he sido feliz en el taller. Compartir mi dolor, mi experiencia, mis logros, mi vida… me ha llenado y me ha satisfecho. He tenido la sensación de conectar, de que mi experiencia, dolorosa al fin, ha dado sus frutos y que estos son hermosos y los puedo compartir.

Entré en el taller esperando emociones fuertes, una sacudida del alma, un empujón para la vida. Fue intenso y encontré lo que buscaba, más de lo que buscaba: un chute de autoestima; la certeza de que voy bien, por buen camino, pero también la certeza de que me queda mucho que hacer, quizás recorrer un camino que no se acaba nunca, en el que me haga y me rehaga mil veces, con luces y sombras; y la certeza de que todo depende solo de mí misma… aunque a veces necesite un buen empujón para echar a andar como el de PINCELADAS.

Me he dado cuenta de que os necesito, que habéis sido como un “fisio” que recoloca cada parte de mi cuerpo en el lugar que le corresponde; pero la vida revuelve una y otra vez y siento que el mantenimiento es necesario para seguir en la brecha a pecho descubierto, sin tapujos.

PINCELADAS I me ha mostrado que tengo superado el duelo, pero que no he encontrado aún el camino a “mi vida”. De momento, y las circunstancias me empujan a ello, me dejo llevar sin tener sujetas las riendas, y esto me crea cierta frustración con la que combato día a día. Soy tan consciente de lo feliz que fui y de la suerte que tuve con Ángel que ahora el día a día me parece anodino. Sé que me falta buscar ese algo que me daba la alegría para encarar el día y que me hacía disfrutar desde el mismo momento de amanecer, y sé que tengo que buscarlo en mí misma.

Soy yo la que me boicoteo, muchas veces sin darme cuenta, dejándome llevar, sin pelear siquiera. Lo sé. Me falta motor a veces… o quizás solo la gasolina… o tal vez un mapa, una guía, ese algo que dé sentido a mis pasos. Esa es mi tarea pendiente y tengo que reconocer que me está costando.

Quiero sacarle chispas a la vida como la saqué ese fin de semana junto a mis compañeros y a mis comandantes. Quiero verme reflejada en vosotras.

Necesito ayuda y quiero ayudar. Quiero, deseo PINCELADAS 2 y reencontrarnos de nuevo”.

Reconstruyendo tu identidad tras la enfermedad

Me encantan esas películas que empiezan con una nave espacial explotando un territorio postapocalíptico donde, tras un gran desastre, el mundo ha quedado destruido. Edificios destrozados, polvo y humo que dificulta la visión, junto con un olor pesado a cemento y alquitrán que lo invade todo. Esas películas donde, de pronto, la nave descubre una brizna de hierba, un pequeño trébol o un brote que da un color verde intenso al desolado paisaje. Y una esperanza: la vida se abre paso.

Pues aquí estoy yo, en mi nave dando vueltas y vueltas y más vueltas. Mi cabeza no es capaz de parar obsesivamente de buscar esa brizna de hierba, esa explicación que me haga entender qué ha pasado en mi mundo y poder dormir tranquilo. Pero aún no he encontrado nada, solo asfalto, hormigón y hierros oxidados. Sé que tengo que descansar, que tengo que parar, pero no soy capaz; no tengo hambre, no puedo comer, solo necesito respuestas. El olor sigue metido en mi nariz, ese olor creado por la combinación contrapuesta de desinfectante y humanidad. Esa sensación en mi garganta que solo la lejía es capaz de crear y que no soy capaz de quitarme, y a juego con el nudo en la boca del estómago que me acompaña desde hace meses.

En momentos puedo percibir pedazos de edificios que se me hacen familiares, carteles a medio quemar que reconozco a que tienda pertenecían. Pero ya no están. ¿Quién soy? Todo lo que me definía ha quedado sepultado, quemado o desfigurado.

Hoy me han dicho «es incurable», con otras palabras, por supuesto, más educadas y asépticas, pero el hecho es que “te vas a morir”. Como un yogur, con fecha. No me preguntes que tiempo me han dicho porque no lo recuerdo. Mi cabeza se ha vaciado por completo, de repente floto en la nada.

Meses y meses de terrible desgaste, de esperanzas y decepciones, de un esfuerzo tras otro, no solo mío si no de todo mi entorno. Cada persona que forma parte de mi vida. Como un gran agujero negro la enfermedad ha absorbido la vida de la gente que más quiero. Mi impotencia se dispara cuando veo en sus ojos como desaparecen sus vidas para unirse a mí en la lucha. Han dejado todo, incluso cachitos de salud por estar a mi lado. Por apoyarme. Y ¡ahora qué? Quién les devuelve eso. Es injusto, sigo flotando, creo que camino por el hospital mientras me habla, ¡aún me habla!, aún es capaz de hablarme mientras me coge la mano.

Claro que llora, pero intenta que no sea a mi lado, lo sé. Pero a veces necesito que sea a mi lado, que no se esconda. Porque esto le está robando, para siempre, también parte de su vida.

Todo empezó hace unos meses, con pequeñas molestias. Después han venido pruebas y más pruebas, dudas, diagnósticos, jeringuillas, sonrisas escondidas en mascarillas, ese olor a lejía y desinfectante, tubos, escáneres, dolor, desazón en las salas de espera y, sobre todo, mi incapacidad de quedarme quieto a pesar de que, en ocasiones, le alteraba.

Ha dejado su trabajo y se ha perdido en algún pasillo de este hospital; se ha fundido conmigo para formar parte de mí, para luchar, como dice. Ya no es mi diagnóstico, es el nuestro; ya no es mi rehabilitación, es la nuestra; ya no es mi enfermedad, es la nuestra. Está conmigo poniendo cada gramito de energía del que dispone. ¡Y para qué?

Ahora solo hay demasiados para qué, por qué y vacío en mi cabeza. Sigo flotando.

Necesito cerrar. Necesito abandonarme y abrir la escotilla de la nave y, como los grandes héroes de esas películas, aceptar con una sonrisa y poder disfrutar del último paseo. No tengo madera de héroe, tengo miedo, mucho miedo. Pero como en un estúpido juego de intentar engañarnos, finjo una mueca que puede parecer una sonrisa y sus ojos me devuelven algo parecido. Ninguno tenemos ganas de sonreír, pero en ese tonto intento de “cuidarnos”, nos perdemos.

Sigue fingiendo que es fuerte y yo que estoy en paz. Pero nunca hemos estado más solos. Me encantaría darle un abrazo y hablarle de mi inmenso agujero negro, de cómo me siento, pero no quiero hacerle daño. Sé que lo sabe, pero necesito decírselo. Decido quedarme en el vacío y soy incapaz de articular palabra. Solo deseo que pueda reconstruir su mundo, que encuentre ese pequeño brote de esperanza y, aunque los escombros sigan debajo, la vida poco a poco vuelva a llenar de verde su planeta.

Mis reflexiones y sentir del finde de Pinceladas I

“Antes de que me venga la amnesia emocional que ahora me acompaña, me apetece enviaros mis reflexiones y sentir del finde de Pinceladas I. Así ya tenéis una loca carta.

El despegue del vuelo emocional se retrasó bastante, pero como en todo gran viaje, no importa cómo, ni cuándo, sino el destino, la compañía y el sentir del durante.

Cuándo me lo propusieron sentí varias cosas a la vez. Curiosidad, miedo, pereza y ganas al mismo tiempo. Aquel sábado estaba en modo sobrevivir “automático” después de unas putas semanas de vacío existencial de la ostia. Así que llegué un poquito congelada, por fuera y por dentro; pero contenta al ver caritas con las que me hacía muchísima ilusión “compartir” mi tiempo.

Después de las presentaciones del por qué estábamos en aquel avión, con aquellas mochilas, ya fui sintiendo un poquito más de calor y deseo de viajar.

No voy a intentar analizar cada una de las dinámicas, así paso de mi tendencia a llevarlo todo a la mente, pero sí quiero devolver las que me llegaron más a la emoción (dolor, tristeza, susto, paz, gustico, frustración…). Estas son:

🦋 Escuchar la palabra MUERTE repetida por Sara varias veces en aquella meditación inicial (acabo de sentirla en forma de golpe en el estómago mientras la escribo); sentirme en esa barquita hacia la casa del lago sola y ver al barquero otra vez en aquella nueva dimensión; las caritas de dos personas importantes en mi camino en las faldas y la cima de mi monte y volcán del duelo; LAS CARICIAS de aquel buzón (tanto leerlas como escribirlas); “compartir” velas con todos aquellos corazones presentes y no presentes y, sobre todo, sentir a las pasajeras y las tripulantes cerca, abriendo sus corazones durante todo un fin de semana.

🦋 La dinámica de recorrer el camino del duelo me frustró muchísimo en el momento. Me dio rabia no conectar con aquel camino y poder abrirme a contar mi experiencia en el proceso que todas las pasajeras estamos viviendo. Me hubiera gustado y gustaría. Pero queda para otro momento, quizás…

🦋 Me ha parecido sencillamente, BELLO. Bello el espacio, bellas las personas, bellas las dinámicas…

🦋 Había oído en Goizargi que el taller de Pinceladas era un Antes y un Después. Para mí es amor.

🦋 Desde aquel domingo a las 14:00, cuando volví mi casa del norte (como decía Govar), mi termostato emocional ha subido algo de temperatura. Me siento más viva. Y eso, ahora, es muchísimo para mí.

🦋 La ausencia de él, su muerte (a la tripa otra vez), sigo sintiéndolas como hasta ahora, pero sí que tengo otro lugar NUEVO en mi mente para verlo a través de aquellas visualizaciones y meditaciones, que de momento me acompañan.

🦋 Muchísimas gracias a Sara por saber acompañarme de esa forma tan “todo” en mi impaciencia y caótico torbellino emocional desde el principio. A Rakel por aquella vela que desde hace unos días me da fuerza y me reafirma en intentar ser “yo”. A las pasajeras y tripulantes, por desnudar sus mundos internos y por ser tan sencillamente bonitas.

🦋 GRACIAS a todas por este finde que desbordaba HUMANIDAD Y AMOR. Con mascarillas, sin abrazos, pero con miradas y caricias muy tiernas.

🦋 Creo que en los tiempos que vivimos, ahora por la pandemia y antes también, hacen falta más espacios así.  Cuando estamos en duelo aún los necesitamos y valoramos más.

 

Me he llevado un chutazo de HUMANIDAD.

HASTA EL PRÓXIMO VIAJE. ¡OJALÁ!”

IZAS.